HERMANAS Y HERMANOS Un camino a veces de difícil comienzo.

EL DOLOR DE LA PÉRDIDA – EL DUELO.
19 noviembre, 2014

HERMANAS Y HERMANOS Un camino a veces de difícil comienzo.

En mi consulta psicológica en la ciudad de Punta Arenas, Chile. Constantemente me encuentro con este tema. En donde se me pregunta del porque los niños reaccionan así a la llegada del hermanito o hermanita.

Sentimientos tales como el amor, odio y celos son inherentes en el ser humano, y se han desarrollado en nosotros desde los inicios de la vida. La competencia por el objeto de deseo se hace implacable, en la medida de que crecemos esto puede intensificarse con la llegada a nuestra vida de un hermano o hermana.

Los hijos únicos, únicos de amor de cariños de mimos, de atención completa de los padres, sufren cambios importantes durante esta transición. En la normalidad de los casos, los hermanos mayores esperan, al igual que los padres la llegada de este nuevo integrante.  Sin embargo, con el tiempo ya una vez nacido pueden surgir sentimientos negativos frente a esta nueva imagen que llega a revolucionar el libre y normal funcionamiento del hogar. Se modifican conductas, que son transformadas por los padres a partir de la llegada de este nuevo integrante, los familiares se alborotan, por la novedad de este nuevo integrante. A medida que se acerca la hora del parto todo gira en torno a este evento, dejando en muchos casos de lado, aunque uno como padre no quiera, las atenciones acostumbradas del hijo (a), que ya vive con nosotros hace algunos años.

Es por esta razón, que me parece relevante poder comentar de este tema, dada la demanda que últimamente he tenido en la consulta privada.

En este artículo intentare contestar algunas interrogantes y dar explicación a las conductas de nuestros hijos a la hora de aceptar este nuevo estatus de hermanos mayores.

Como punto de partida, les puedo decir a los padres que cuando deciden tener varios hijos, creer que los pueden querer a todos por igual y que serán idénticos porque tienen la misma genética, que se entenderán y que se querrán por igual,  es definitivamente una falacia, estamos frente a un error que muchas veces no se acepta fácilmente.

La hermandad se construye sobre una relación afectiva impuesta, se establece sobre el día a día, sobre el compartir experiencias, al igual que la mayoría de los vínculos humanos. El hecho de poder reconocer el rico aroma de la comida materna,  del compartir momentos en la playa o en la piscina. Pues así, los vínculos nacen de la experimentación prolongada y repetida. Del constante devenir de experiencias comunes compartidas, pero no vividas de la misma forma. Desde puntos de vista distintos.

El compartir el amor de los padres es prácticamente imposible, al igual que compartir objetos propios como juguetes, ropa o cualquier cosa que se deba “ceder”.

Los niños (as), les parece incomprensible e inconcebible que estas cosas de un momento a otro deje de pertenecerles.  De ahí la frase “Tienes que darle esto a tu hermano, porque es tu hermano”, sin ninguna explicación concreta solo por el hecho de que se le impone este rol. Para un niño (a), es una acción sin una comprensión lógica. No está dentro de su nivel de abstracción, por lo tanto se le torna imposible entenderlo a cabalidad.

Creo que los padres tratamos, o más bien tenemos la esperanza de mejorar con la experiencia. En mucho de los casos, la decisión de tener un segundo hijo es mucho más meditada, y en otros incluso con la finalidad de afianzar relaciones de pareja que se encuentran en peligro de separación.

El Autor Marcel Rufo, En su libro “Hermanos y Hermanas, una relación de amor y celos”, menciona que el segundo hijo es más “auténtico” que el primero. Los padres se sienten más libres, ya están más entrenados para vivir con un bebe; han aprendido muchísimo conviviendo con el primogénito (a), que lleva el peso de la herencia familiar.

No hay que desconocer, que en muchas ocasiones, la búsqueda de un segundo hijo (a), los padres quieren hacer “bien”, las cosas en donde piensan que han fracasado con el primero (a).

En un segundo hijo (a), vuelven a revivir etapas iníciales que ya vivieron, están más atentos a recuperar el pasado, a vivir los pequeños detalles que muchas veces pasaron por alto, por la falta de experiencia, o simplemente por el cansancio y stress del día a día. De esta empresa llamada familia.

Los padres además están en muchas ocasiones en otras etapas de vida, en donde la madurez y los miedos han desaparecido con esta primera experiencia.

Antes de nacer, el segundo (a), ya empieza a perturbar la vida familiar del trío. También se plantean la idea del cómo van a comunicar la noticia al hermano mayor, que hasta ese momento acapara toda la atención de ambos padres.

“Todo ya está decidido: Es un niño o una niña, y llegará en unos meses. El niño (a), se convierte en un hijo mayor  sin que sus padres le hayan dejado tiempo para pensarlo en ello.”

El convertirse en un hermano (a) mayor, un nuevo rol, una nueva tarea, una nueva posición, un desafío de difícil resolución en algunos casos, implica nuevas características de adaptación que no todos los niños están preparados para el momento. O no se encuentran a la altura de la circunstancia del adulto, que lo asume y se hace la idea de una mejor, por su capacidad aprendida de adaptarse a nuevas experiencias y escenarios. El adulto cuenta con más herramientas psicológicas a la hora de poder adaptarse. Casos aparte son las patologías que lo impide, pero hablamos de adultos neuróticos normales, que han vivido situaciones en la vida que lo han enseñado constantemente en que se deben adaptar a los distintos escenarios que la vida le impone.

El hijo (a) mayor, debe sentirse seguro del amor de sus padres, cuanto menos dude de la capacidad de estos para querer a dos hijos a la vez, menos ansiedad sentirá, sin embargo les costará mucho aceptar que lo van a seguir queriendo como antes. Las comparaciones son inminentes, y los niños son especialistas en esto. Es propio de la incipiente individualización, por lo tanto es una práctica normal en el comportamiento humano, mucho más en ese estadio de desarrollo.

Los niños (as), de dos años o tres años,  han realizado un camino de aprendizaje importante, su desarrollo mental y afectivo esos si se encuentra en una incipiente etapa. En su primer año, han aprendido a diferenciarse de su madre como un ser distinto, y además han experimentado la ansiedad ante un rostro extraño.

A los dos años, han atravesado el periodo de “oposición”, en donde a todo le dicen no. También en esta etapa, muchos ya controlan esfínteres, lo cual hace que cada vez menos dependan del adulto para su cuidado personal.

A los tres, ya casi todos son limpios, poseen un vocabulario mucho más amplio, y se desenvuelven de mejor manera en el ambiente familiar y social.  Sin embargo, esta es la edad de entrada al periodo Edípico, en donde se mezclan los sentimientos de amor y de odio que ningún niño vive con serenidad.

Por  lo tanto, es en este periodo que generalmente llega el hermano o hermana, en donde este niño le resulta impensable e insoportable la idea de que va a tener que compartir el amor de sus padres con otro, el cual sin estar presente, ya los acapara prácticamente en todos sus temas y actividades.

El futuro bebe ya ocupa mucho espacio y tiempo, se le busca un nombre, se le asigna un espacio muchas veces que era de el hermano mayor, etc.

Justo cuando estos padres deciden tener un nuevo bebe, el niño (a) de tres años, ingresa al colegio, lo cual hace que finalmente la separación de la madre sea inminente.

Personalmente, pienso que a esa edad, los primogénitos no han superado aun la etapa de Individuación – Separación. Esto es fundamental para poder soportar la ausencia de su madre gracias al pensamiento. Una vez superada esta etapa, ellos o ellas saben que sus madres se encuentran ahí. La representación mental deberá soportar la angustia del abandono, en donde podrá imaginarse que su madre está en otro lado, ocupada en sus propias actividades. Deberá estar convencido(a) de que estará ahí a la hora de que debe estar. Con frecuencia, esa certeza se ve turbada por la idea de que se halla ausente porque está ocupada en otro niño(a).

                Ahora cuando se me pregunta:     ¿Cuál es la edad “adecuada”, que tengan los niños de diferencia?

Pienso que la edad de seis a siete años sería la más óptima para tener un segundo hijo, y lo comento por lo siguiente.  Es cuando el primogénito se encuentra en la etapa edípica (Se identifica con el padre del mismo sexo),  las pulsiones agresivas dan el paso entonces a la ternura. Por otro lado, el niño (a) de seis años ya ha tenido la oportunidad de forjarse recuerdos de familia, personales, únicos con sus padres, historias de cuando eran tres. Los seis o siete años, le dan el status necesario de tiempo para sentirse hijo único, adquiriendo su propia autonomía, teniendo ya una red social fuera del círculo familiar si es necesario para el soporte posterior. Ya no existe una competición reñida por mantener o conquistar el amor de los padres dado que existe la separación necesaria, haciendo al primogénito (a), más seguro de sí mismo y de lo que la experiencia en solitario le ha entregado con sus padres.

Cuando la diferencia es mucho mas, se corre el riesgo de que la relación fraterna sea mínima, posiblemente por encontrarse en estadios diferentes de desarrollo, teniendo experiencias fraternas distintas sin conexión. En caso de que la primogénita sea niña, adoptaría un papel más maternal preparándola para su propia experiencia.

Cabe decir que estas reflexiones nos son verdades absolutas, no pretendo eso. Solamente dar una idea de lo que posiblemente uno podría hacer cuando uno planifica su descendencia, con una base más teórica.

 

1 Comment

  1. fatima dice:

    En verdad mi hija espera a su hermanito como si fuera su guagua, llena de ternura y ella pidio tener un hermanito. Ya tiene 6 años y la experiencia ha sido maravillosa